…El
traqueteo del tren.
Ella
de nuevo estaba sola y aburrida, y el reloj solamente marcaba las cinco de la
tarde. Hacía demasiado calor en el tren de cercanías ese día de julio, “¿por qué no ponen el aire acondicionado?”
pensaba ella mientras se abanicaba vagamente con la mano.
Suspiró
y miró el paisaje sin ver nada, y es que de nuevo estaba sola en el tren a las
cinco de la tarde. Hoy iba a ser diferente, hoy, supuestamente, iba a volver
satisfecha a casa. Pero no lo estaba, para nada. Se movió incómodamente en el
asiento que ocupaba haciendo que se la tela áspera de éste le acariciara los
muslos. No tenía que haberse puesto un vestido tan corto, era culpa del
vestido. Había sido ilusa, “¿para qué me
he puesto este vestido?” pensó ella tras otro roce íntimo con la fea tela
del asiento. Se lo había puesto para mostrarle que esa tarde debía ser
distinta, pero no lo había sido. Él era especial, o eso pensaba ella,
compartían los mismos gustos en la literatura, en el cine y en los videojuegos,
pero no compartían el mismo interés en el cuerpo del otro. Esa tarde ella iba a compartir su cuerpo con
él, y él compartiría su cuerpo con ella, pero no fue así.
Cada
tarde iba a su casa, con su mejor lencería y sus mejores ganas, pero nunca nada
pasaba. “¿Soy yo?” se preguntaba cada
vez que tomaba el tren para volver a su casa. No era ella, no tardó en
comprenderlo, era él. No estaba preparado, se lo había confesado en un descanso
entre besos y caricias en una cama que ella nunca había visto sin sábanas.
Ella
lo entendía, así se lo había dicho, no pasaba nada, esperaría por él. Y ahí
estaba, sentada en un tren, sola, a las cinco de la tarde, siendo acariciada
por su asiento de tren favorito. Conocía bien ese tren, lo tomaba cada día ya
con cariño. Conocía a los guardias de seguridad que paseaban por sus pasillos,
conocía sus miradas salvajes entre los asientos, ella mentiría si dijera que
nunca había deseado esa mirada sobre su cuerpo. Estaba incómoda, entre sus muslos
ella palpitaba. No debía de haberse puesto ese vestido corto, el roce de la
tela estaba haciendo el trabajo que quería que él hiciera. Suspiró y sonrío, el
tren se había transformado en un amante silencioso y perspicaz.
Quizás
fue porque estaba completamente sola, quizás porque sus ganas habían ganado la
batalla, o simplemente el tren se había apoderado de su palpitación y
cosquilleo. Separó las piernas lentamente, el asiento acogió con ganas la
amplitud de sus muslos bajo la tensión de su vestido. Dobló su torso hacia
adelanta, dejando descansar su palpitación sobre la tela áspera del tren,
dejando que la tela de sus bragas de algodón blancas acariciaran a su nueva
invitada. Cerró los ojos con un suspiro, espero a que el tren decidiera cuando
darle el placer que ella deseaba, éste se hacía esperar. Incómoda acarició con
su cosquilleo el asiento, invitándole a que temblara.
Una
voz femenina anunció la próxima estación del tren, esa voz que con anterioridad
le había parecido fría, esa tarde se tornó la de él. Ella sonrió de nuevo,
sabía que el tren abordaría una curva cerrada, y de ahí tendría que traspasar un
tramo en línea recta con un traqueteo potente debido a la irregularidad del
terreno. Era en ese tramo donde los niños se emocionaban ante el movimiento que
acogía el tren, ante el sonido del vagón cuando las piedras recorrían sus
railes.
Ella
lo esperaba, se inclinó más hacia delante, apoyó las manos en el asiento de
delante deseosa, se mordió el labio intentando callar una carcajada. La zona
que ella buscaba estaba cerca, lo sabía, conocía cada movimiento del tren. Separó
aún más las piernas y de nuevo acarició el asiento, el cual se había
transformado en su confidente esa tarde. La tela de su ropa interior estaba
mojada, ella pensó con gracia que era una bonita forma de estrenarla.
El
tren comenzó a quejarse cuando la vía se hizo más irregular, un “tac, tac, tac, tac” comenzó a sonar en
la cabina bajo el mando del maquinista que sólo tenía ojos para mirar hacia
delante. El sonido comenzó a expandirse de forma progresiva desde la punta del
tren, hacia los vagones finales. Tras el sonido llegó por fin la vibración.
Ella
lo sintió, y su palpitación se hizo aún mayor, el cosquilleo le llegó desde sus
muslos desnudos a su ombligo. Echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados,
el tren era implacable en su recorrido, había sido así desde que era niña. De
nuevo acarició la tela áspera del asiento con su tela de algodón blanco, y un
pequeño calambre le subió por la columna vertebral. El “tac, tac, tac” se hizo aún más intenso y los oídos comenzaron a
pitarle. “Un poco más” pensó mientras
movía las caderas al compás del traqueteo del tren.
Tras
una carcajada de ella la palpitación paró junto al traqueteo. El tren entró en
la oscura estación con un ruido sordo, las luces del tren tintinearon y las
puertas se abrieron. Ella abandonó su asiento, su tren, y salió a la calle.
Esperaría por él, esperaría que estuviera listo para ella, iría a verlo cada
tarde en el tren, su amante sobre raíles y luciría su vestido corto. Miró como
el tren partía desde la estación con una sonrisa de satisfacción en la cara, el
transporte público nunca le había resultado tan agradable como en esa tarde de
julio.

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